El amor a la sabiduría

"Ama a la sabiduría quien la busca por sí misma y no por otro motivo, pues quien busca algo por otro motivo, ama a ese motivo más que a lo que busca." (Santo Tomás de Aquino: "Comentario a la Metafísica de Aristóteles", I,3,56)

Textos de los grandes filósofos


AUTOR: Josef PIEPER
(De “Antología”, Editorial Herder, Barcelona, 1984)

El espacio libre en un mundo de trabajo

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Contemplación terrenal


Que el ser humano encuentra o encontrará su sosiego definitivo, calmará su sed de felicidad suprema más allá de las fronteras de la muerte bajo la forma de contemplación, es una verdad clara e intangible en el gran contexto tradicional de nuestra fe. Mas esta expresiva afirmación escatológica sobre la bienaventuranza que nos está reservada se ha entendido siempre en modo tal que también llega a decirnos algo sobre el hombre de aquí abajo, el hombre terreno. Nos dice que el hombre de carne y hueso, el hombre en su existencia terrenal e histórica, está radicalmente orientado a la contemplación y necesita de ella, hasta el punto de que la felicidad humana llega tan lejos como la contemplación misma.
Es esta idea tan ajena — así lo parece a primera vista — a lo que se piensa del hombre en la actualidad, que casi la tenemos por absurda. De este absurdo aparente vamos a tratar aquí. Tal concepto implica y presupone muchas cosas que distan de ser evidentes.
Por ejemplo — y ante todo — presupone que no sólo el acto de la contemplación ultraterrena posee ya en este mundo una forma previa, incoativa, incipiente; también su objeto, la gloria divina, debe ya impartírsenos de alguna manera, por imperfecta que fuere, en la contemplación terrenal. Al ser el mundo un ente creado, creatura, está Dios presente en él. La imagen de un Dios «extramundano» no es una imagen cristiana, sino un concepto racionalista. Si Dios, pues, no «sale del mundo», por ello mismo puede verdaderamente manifestarse a los ojos de quien los dirige a lo íntimo de las cosas. Cierto que el ver trae sobre todo la dicha, es vehículo de felicidad, a través del amor. No hay en esto ningún romanticismo; es simplemente un hecho comprobado. Sólo la visión de lo que uno ama hace feliz, y así forma también parte del concepto de contemplación el que ésta no sea una mirada indiferente, sino un tornarse amoroso y afirmativo hacia aquello que se contempla. Ello nos permite ya formular con alguna pretensión de integridad conceptual el significado pleno y sin paliativos de la contemplación. Cuando nuestra fuerza asertiva, es decir nuestro amor, se endereza al sosiego eterno, a la gloria divina que impregna desde lo más profundo todo lo real, y cuando ese objeto de nuestro amor se muestra a la mirada del alma en un atisbo directo y supremamente sereno, aun por un brevísimo instante, entonces y sólo entonces puede hablarse de contemplación con pleno sentido.
Quizá, sin embargo, sea más importante decir esto otro: ¡siempre, en tal caso, se da una auténtica contemplación! Y si algo me parece especialmente notable en la antigua doctrina sobre este punto, es que esa venturosa percepción de la paz divina puede surgir, como una chispa, de todo cuanto nos sale al paso, absolutamente de todo, y por el motivo más insignificante. La contemplación no está en modo alguno ligada a claustros ni celdas monásticas. Lo esencial de la misma puede realizarse aunque uno ni siquiera conozca su nombre, y es probable que tenga lugar mucho más a menudo de lo que el hombre moderno imagina por regla general, de acuerdo con el estrecho concepto que de ella se ha formado.
Verdad es que estas formas discretas de contemplación requieren por nuestra parte no sólo un espíritu atento y observador, sino también cierto ánimo para fomentarlas. Debemos asegurarnos expresamente de que a algunas de nuestras experiencias cotidianas pueden atribuírseles con justicia los elogios de que desde siempre ha sido objeto la contemplación. Y también nos es necesaria una garantía y confirmación de que estamos en lo cierto al entender y aun acertar la dicha de tales experiencias como lo que en realidad es: presentimiento y comienzo de la felicidad perfecta.
Ha llegado el momento de hablar, ante todo, de la manera contemplativa de ver las cosas de la creación. Me refiero a las cosas patentes y al «ver» con los ojos. Nunca seremos aquí demasiado concretos. Cuando uno ha sufrido por mucho tiempo el tormento de la sed y por fin tiene ocasión de beber, cuando al sentirse aliviado hasta en lo más hondo de sus entrañas exclama: ¡qué maravilla es el agua fresca!, tal vez entonces, a sabiendas o no, haya dado un paso adelante hacia esa visión de lo amado en la cual consiste la contemplación.
Qué maravilla es el agua, una rosa, un árbol, una manzana! Algo así no suele decirse de corazón sin que intervenga al menos una pizca de asentimiento no sólo de las meras cosas que se elogian, sino de algo más.., una aprobación que se extiende al fundamento de esas cosas, del mundo. En medio de nuestras penas diarias levantamos de improviso la cabeza para contemplar un rostro vuelto hacia nosotros, y en ese mismo instante «vemos» que todo lo que existe es bueno, digno de amor, amado por Dios. Tales certidumbres, que en el fondo significan una sola cosa y siempre la misma: el mundo está en equilibrio, todo llega a su fin, en lo íntimo de las cosas mora en definitiva la paz, la felicidad, la gloria; nada ni nadie se pierde; Dios tiene en su mano (así lo dice Platón) el principio, el medio y el fin de todo. Tales certidumbres acerca del fundamento y respaldo divinos de todo cuanto existe, certidumbres no elaboradas por el pensamiento sino directamente contempladas y experimentadas, pueden comunicársenos cada vez que nuestros ojos se posan en las cosas más sencillas, con tal que en esa mirada brille una chispa de amor. Eso será entonces contemplación en el sentido más preciso de la palabra; atrevámonos a llamarla por su nombre.
De esta clase de contemplación del mundo creado se nutre sin cesar toda auténtica poesía y todo verdadero arte, que no son sino elogio y alabanza por encima de cualquier lamentación. Y quien acierte a contemplar así las cosas será también capaz de comprender la poesía «de manera poética», es decir, en su único significado genuino. Lo indispensable de las artes liberales, su necesidad vital para el hombre, consiste sobre todo en que a través de ellas permanece viva e inolvidada la contemplación de lo creado.
Aquí es oportuno mencionar los Diarios de M.G. Hopkins, donde abundan los testimonios de contemplación terrena; prácticamente no se habla en esas páginas de otra cosa. Este poeta, una de las figuras más irresistibles por la sublimidad de su delicadeza espiritual, se apasionó hondamente por los inscapes, como él los denomina, las «formas intrínsecas» o «motivos íntimos» del mundo visible; y ello no por mor de una puntillosa descripción realista, sino para mejor percibir y captar la infinita riqueza de las obras divinas.
Así, nos habla de una llama «más clara y límpida que el cristal, la seda o el agua», que «remolinando como un largo y único gallardete u ondeando como la fusta del auriga» trepa devoradora por una pila de secas madreselvas; de una loma cercana, «pálida y dorada piel sin cuerpo»; del cedro cuyas ramas «resisten a la luz, vibrantes y temblorosas como la filigrana de una pluma de corneja»; de las «angostas franjas de un campo de cebada, de aspecto como líquido». Un buen día, de madrugada en un terreno de maniobras, se le revela con claridad la «forma intrínseca» (inscape) del caballo, como ya la describiera Sófocles en las estrofas de un coro que compara dicho animal con una impetuosa ola en el momento de encresparse. Nos habla también el poeta del glaciar del Ródano, del vuelo de la garza, del incipiente follaje de los olmos, del pavo real que despliega orgulloso su abanico; y, repetidas veces, de la cambiante forma de las nubes y del agua que fluye...
Lo minucioso de estas notas no sólo demuestra que la contemplación dista mucho de ignorar o pasar por alto la realidad del mundo visible, recurriendo, como si dijéramos, a un precipitado «simbolismo»; la mirada que reflejan va directamente al corazón de las cosas. Es aquí, en verdad, donde aparece de pronto una relación infinita, antes oculta, en la cual se realiza lo propio de la contemplación. Nadie todavía ha sido capaz de expresar o describir con palabras adecuadas en qué consiste exactamente eso que entonces se revela a los ojos del alma.
El resplandor de la aurora boreal, «obra apresurada de la naturaleza» que, independientemente de la cronología terrestre parece «datar... del día del juicio», fas- cina al poeta y lo llena «de un delicioso temor». ¿Qué ha llegado a «ver»? ¿No creo haber visto nunca nada más bello que el jacinto de los prados; por él conozco la belleza de Nuestro Señor.» ¿Cuál es el contenido del mensaje que se le hace inteligible a Hopkins al contemplar esa florida criatura? No nos lo dice. También esto pertenece a la esencia de toda contemplación, el no poderse comunicar, el darse en lo más recóndito del hombre, allí donde ningún espectador tiene acceso. La contemplación no puede ser plasmada en escritos ni apuntes, pues acapara todas las fuerzas del alma, no dejando ninguna libre para tal menester.
No sólo, repito, esa brillante precisión en la pintura de lo sensible prueba hasta qué punto la mirada de la contemplación terrenal respeta lo patente en las cosas del mundo y trata de salvaguardarlo. Podemos incluso presumir que tal aprecio de lo concreto es encendido y fomentado precisamente por el impulso contemplativo, cuya meta no es otra que el fundamento divino de toda cosa creada. En una retrospectiva de su vida, declara Chesterton, ya entrado en años, haber abrigado desde siempre la convicción, «la casi mística convicción de lo maravilloso de todo cuanto existe, del encanto latente en el fondo de toda experiencia». Esta vigorosa fórmula está preñada de significado: Cada cosa encierra y esconde en el fondo de sí misma una señal de su origen divino. Quien llega a divisar esa señal ve que esta y todas las demás cosas son buenas, más allá de cualquier «comprensión». Lo ve y es feliz.
He ahí toda la doctrina sobre la contemplación de los seres terrenales, creados por Dios.




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